Todos los viajes pasa lo mismo.
Me lo propongo como la buena acción del día, pero no lo logro. Lo sufro y no
aprendo. Me miro al espejo, me veo, me hablo, me consuelo, me aconsejo…
Y vuelvo a caer. Entonces lo
hablo, se lo cuento a ella, le explico que es duro para las dos porque la culpo
a ella y lo sufro. Y le digo que sé que no me entiende pero igual lo intento.
Mi hermana se disculpa, yo lo
acepto. Y la historia se repite siempre.
Hasta ayer u hoy, hasta esta última vez. Es tan difícil liberarse de la culpa, mejor que eso, evitarla, porque los motivos no la justifican.
Para eso me sirvió el espejo. Mis lágrimas
lavaron esas culpas y me permitieron ver las diferencias que nos dañan.
Y de golpe aprendí que hay una
forma diferente de querer a una hermana que no es la entrañable compañera que
comparte el mensaje en la mirada.
Ahora sé que cuando vuelva
podremos disfrutar lo que sí compartimos y alejarnos de lo que nos daña.
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