Fue contra todas las reglas de sus protectoras: madre, tías y abuelas. Lo conoció en la plaza, a la salida de inglés.
¡Era
tan buen mozo, tan caballero, tan… tan! ¡Era grande y se le acercó a ella!
Tampoco era una chiquilla: ya iba a la facultad; sin embargo, su familia seguía
con eso de no hablar con desconocidos.
La
cosa es que fueron juntos a tomar un café. Se llamaba Julián, tenía treinta y
dos años, trabajaba en una empresa de cosméticos y viajaba mucho. No tenía
relación estable, precisamente por eso. Tampoco domicilio estable. Sus padres
habían muerto en un accidente y no tenía hermanos. Era una historia escueta,
como su familia, y un corazón grande, como los vacíos que le dejaron.
Sin
darse cuenta, hablaron hasta muy tarde. La acompañó a su casa. Hasta la
esquina, no más, después veremos. Y se citaron para la semana siguiente.
Ese
día mintió. No mencionó el encuentro para evitar la retahíla de sus padres.
Durante la semana comenzó a nombrar a “un tal Julián…” que la invitó y no sabía
qué hacer, no estaba segura, a lo mejor…, pero mejor no…, y le fue dando
vueltas, azuzando a los suyos para que pregunten, preparándolos para la próxima
cita.
Después
de un par de meses de verse afuera, él solito sugirió conocer a su familia.
Otra vez jugueteó con el sí, no, a lo mejor.. y sus padres le impusieron la
cena de ceremonia.
¡Era
tan feliz, tan dichosa, tan plena de vida, tan… tan!
Los
padres quedaron encantados con el caballero y ella dejó los juegos porque ya
estaban convencidos.
Él
siguió viajando, noviando. Ella siguió estudiando, noviando.
Y
un día, el anillo, la fiesta de compromiso y a planear la boda, el vestido, la
luna de miel.
Y
otro día el casamiento, el viaje, la casa, la rutina y la eterna luna de miel
entre el trabajo de uno y el estudio de la otra.
Como
en todas las historias, la felicidad no es completa: él no pudo asistir a su
acto de egresados. A la cena fue con su hermano porque Julián estaba de viaje y
no pudo cambiarlo. Ese 28 de noviembre sería memorable, pero más adelante,
cuando lo recordara.
Julián
no se separó de ella cuando montó su oficina. Y esta vez sí pudo asistir a la
inauguración.
Estaba
tan absorta en su nueva tarea que los viajes de Julián ya no importaban. Ambos
habían crecido, eran adultos conviviendo y “tirando del carro” juntos, con
menos pasión de jóvenes, con más responsabilidad de grandes.
Hasta
que Analía quiso tener un bebé. Julián dijo: “no por ahora”. No fue simplemente
el no, fue el tono, la premura, la mirada, su cuerpo. Fue un “no” total y
completo, sin ninguna duda, hasta sin el “por ahora”.
Fue
como un lienzo que se desprendió del cielo entre ella y Julián y le mostró otro
hombre.
Sin
embargo, guardó silencio. No agregó palabra, ni mirada, ni gesto. Siguió en su
tarea, eso sí, pensativa.
Cuando
Julián anunció su próximo viaje, actuó igual que siempre: le armó el bolso, lo
llevó a la terminal y le lanzó un beso a través de la ventanilla.
Siguió
al ómnibus, lo vio bajarse en la siguiente terminal.
Sintió
alivio, dolor, ganas de llorar, reír, correr, matarlo. Apretó el volante y
esperó. Vino un auto a recogerlo a los pocos minutos. Vidrios polarizados.
Entre eso y sus lágrimas, dejó de verlo. Aspiró profundo y arrancó tras ellos.
Rodaron
varias cuadras y estacionaron frente a una preciosa casita serrana, con jardín
adelante, juegos infantiles y una niñera acompañando a tres criaturas idénticas
a su padre.
