lunes, 27 de junio de 2016

Una boda de ensueño


Fue contra todas las reglas de sus protectoras: madre, tías y abuelas. Lo conoció en la plaza, a la salida de inglés.
¡Era tan buen mozo, tan caballero, tan… tan! ¡Era grande y se le acercó a ella! Tampoco era una chiquilla: ya iba a la facultad; sin embargo, su familia seguía con eso de no hablar con desconocidos.
La cosa es que fueron juntos a tomar un café. Se llamaba Julián, tenía treinta y dos años, trabajaba en una empresa de cosméticos y viajaba mucho. No tenía relación estable, precisamente por eso. Tampoco domicilio estable. Sus padres habían muerto en un accidente y no tenía hermanos. Era una historia escueta, como su familia, y un corazón grande, como los vacíos que le dejaron.
Sin darse cuenta, hablaron hasta muy tarde. La acompañó a su casa. Hasta la esquina, no más, después veremos. Y se citaron para la semana siguiente.
Ese día mintió. No mencionó el encuentro para evitar la retahíla de sus padres. Durante la semana comenzó a nombrar a “un tal Julián…” que la invitó y no sabía qué hacer, no estaba segura, a lo mejor…, pero mejor no…, y le fue dando vueltas, azuzando a los suyos para que pregunten, preparándolos para la próxima cita.
Después de un par de meses de verse afuera, él solito sugirió conocer a su familia. Otra vez jugueteó con el sí, no, a lo mejor.. y sus padres le impusieron la cena de ceremonia.
¡Era tan feliz, tan dichosa, tan plena de vida, tan… tan!
Los padres quedaron encantados con el caballero y ella dejó los juegos porque ya estaban convencidos.
Él siguió viajando, noviando. Ella siguió estudiando, noviando.
Y un día, el anillo, la fiesta de compromiso y a planear la boda, el vestido, la luna de miel.
Y otro día el casamiento, el viaje, la casa, la rutina y la eterna luna de miel entre el trabajo de uno y el estudio de la otra.
Como en todas las historias, la felicidad no es completa: él no pudo asistir a su acto de egresados. A la cena fue con su hermano porque Julián estaba de viaje y no pudo cambiarlo. Ese 28 de noviembre sería memorable, pero más adelante, cuando lo recordara.
Julián no se separó de ella cuando montó su oficina. Y esta vez sí pudo asistir a la inauguración.
Estaba tan absorta en su nueva tarea que los viajes de Julián ya no importaban. Ambos habían crecido, eran adultos conviviendo y “tirando del carro” juntos, con menos pasión de jóvenes, con más responsabilidad de grandes.
Hasta que Analía quiso tener un bebé. Julián dijo: “no por ahora”. No fue simplemente el no, fue el tono, la premura, la mirada, su cuerpo. Fue un “no” total y completo, sin ninguna duda, hasta sin el “por ahora”.
Fue como un lienzo que se desprendió del cielo entre ella y Julián y le mostró otro hombre.
Sin embargo, guardó silencio. No agregó palabra, ni mirada, ni gesto. Siguió en su tarea, eso sí, pensativa.
Cuando Julián anunció su próximo viaje, actuó igual que siempre: le armó el bolso, lo llevó a la terminal y le lanzó un beso a través de la ventanilla.
Siguió al ómnibus, lo vio bajarse en la siguiente terminal.
Sintió alivio, dolor, ganas de llorar, reír, correr, matarlo. Apretó el volante y esperó. Vino un auto a recogerlo a los pocos minutos. Vidrios polarizados. Entre eso y sus lágrimas, dejó de verlo. Aspiró profundo y arrancó tras ellos.


Rodaron varias cuadras y estacionaron frente a una preciosa casita serrana, con jardín adelante, juegos infantiles y una niñera acompañando a tres criaturas idénticas a su padre.


Encuentro... final?


Se sentaron enfrentados, uno a cada lado de la mesa, independientes, ignorantes de lo que hacía el otro. Como si no existiese. Ninguno levantó la vista, cada uno en su mundo. Los sonidos de la calle se amortiguaban con el silencio terco que se habían impuesto.
Ella miraba sus manos, que recorrían la mesa recogiendo restos inexistentes de otros huéspedes. Él miraba hacia afuera, como si esperase que una tormenta interrumpiera situación tan incómoda.
Sus pensamientos volaban por la memoria que trataba de escabullirse, pero volvía, recurrente, dadas las circunstancias…
Él comenzó a mirarla a hurtadillas, sin que se diera cuenta, y se fue reencontrando con sus gestos, sabiendo cada significado, cada intento. Sintiendo su temor, su inseguridad su audacia…
Sabía que ella abriría el fuego… Fue siempre su juego, y su manera de reconocerla. Él no era ducho en las palabras, no le gustaban, no le salían. Y ella siempre lo interpretaba.
Claro que hoy era diferente. Tendría que rendir cuentas.
Y ella no le haría fácil la tarea. Era lo que ella pensaba. Se preguntaba para qué la citó si ya se habían dicho todo… Estaba claro que no habría despertares juntos ni atardeceres románticos. Ya ambos habían convenido que no era necesario pasar por otro intento fallido.
Pero allí estaban, con todas las emociones vividas y superadas, como dos adolescentes, sin saber por dónde empezar ni qué decirse.
Porque él la citó, pero ella lo esperaba, o lo ayudó provocando este encuentro sin decir palabras, pero insinuando, como siempre…
Porque siempre hizo lo que ella quería. Y ahora que estaban allí, él seguía sin entender cómo seguía. Le dolía el cuello de mirar por la ventana del costado. Ella seguía obstinada con las migas…
De pronto, levantó la vista, lo miró de frente y le espetó: “¿A qué vinimos?!
Él se sobresaltó por fuera y por dentro. Si bien sabía que ella hablaría primero, que sería directa, no esperó tanto, ni tanta dureza.
Volvió la cabeza hacia ella y la miró, largo, buscando en sus ojos profundos el mensaje para una respuesta amigable.
“Tal vez sólo a tomar un café”, comenzó mansamente, como vencido por lo inevitable.
Ella retrocedió su actitud. Sabía que había golpeado mal. No era lo planeado, aunque nadie hubiera planeado nada.
Y buscó en la mirada de él las palabras que no modularía pero que ella leía desde siempre.
Y ahora sí, el silencio fue compartido, entendido y disfrutado.

Por fin habían logrado el idioma que los mantendría cerca, a pesar de esa distancia permanente.


Relato anterior al de La Granja del 2016


Ve a su mujer durmiendo en la galería, como todas las siestas. Él está desmalezando los alrededores de la casa. Con cada golpe de machete golpea a la vida, a su mujer, al rancho, a su impotencia.
Ya no recuerda cuándo se transformó en este hombre amargo, con tanta violencia dentro.
Se detiene un momento a mirar el entorno: la potranca relincha en contraste con el letargo de la yegua moribunda. La impotencia de nuevo. La vida se les va yendo y él no puede aceptarlo.
Vuelve al machete porque no se entiende. Habla consigo mismo, llamándose a la cordura. La siesta calurosa lo está provocando y él lo sabe. Silba para ahuyentar sus divagues, que siguen su vuelo como si nada.
La chinita que le contrató a su mujer ha terminado de lavar la ropa. La ve salir por la galería, con la gracia de muchachita fresca. Está tarareando algo. Sacude las prendas antes de colgarlas. Y en cada movimiento le sacude el polvo a su hombría abandonada. No puede apartar su vista, no puede acallar sus ansias.
La muchacha termina con la última sábana. La estira bien con las manos, como acariciándola.
No se resiste cuando él la toma por la espalda. Sus manos callosas la recorren, despertando ese cosquilleo que nunca aprendió a ocultar.
Él la arrastra detrás de la casa, la apoya contra el piletón y comienza a descubrirla.
Ella le va desatando los cobertores de sus ansias. Caen sus pantalones, sus manos encuentran los senos, la juventud se le escapa de algún rincón y se revuelca con ellos. Ya no hay nada más que esos dos cuerpos gozando lo infinito.
Y el goce, la sensación más perfecta de la culminación que jamás había sentido.
No la vieron llegar, no la escucharon.
La muchacha huyó, despavorida, espantada, aterrada.
La mujer volvió, con el machete goteando, hasta la yegua y se tiró a su lado a esperar.

Él quedó tendido en su charco de sangre, con una sonrisa de satisfacción, los ojos abiertos al cielo, absolutamente relajado.


Vecinos nuevos (2007)


Anoche llegó una camioneta con cajas. Grandes. ¿Otra mudanza? Siempre vienen de noche…
No pudo ver si había alguna cara nueva. Los dos hermanos (al menos lo parecen) descargaron las cajas rápidamente y la camioneta se fue como alma que lleva el diablo.
Ya van como tres mudanzas esta semana. Tiene que estar atenta esta noche porque alguien se puede ir…
Dejó entreabierta la ventana del living, las luces apagadas. Cenó, apurada, en la cocina, para no perderse movimiento alguno. No lavó nada. Dejó todo en la pileta y se fue a sentar en el sillón, completamente a oscuras.
Los ruidos de la noche se fueron apagando. Se quedó dormida, por supuesto. Algún ruido la despertó con sobresalto. Un auto negro estaba estacionado justo delante de la ventana. Se bajó una pareja de jóvenes. No le gustó su aspecto: no parecían honrados… (¿basándote en qué?, le preguntó su hija cuando se lo contó). No sabría decirlo. Tal vez por su manera de entrar en la casa, furtivos, como escondiéndose.
Volvió a dormirse. Cuando se despertó ya había movimiento en la calle. Pronto sería de día. No valía la pena ir a la cama.
Se preparó el desayuno, buscó la pañoleta para abrigarse… La noche en el sillón le había dado frío.
Su hija pasó al mediodía. Quiso contarle su preocupación, pero fue inútil. No le creía.
Desde que los peruanos abrieron el quiosco enfrente, ella supo que era una fachada.
Cuando veía llegar chicas en mitad de la noche, suponía que eran tratantes de blancas.
Las camionetas le abrieron una nueva alternativa: ¡alojaban ilegales!
Mientras esperaba los pasos de sus personajes, los iba identificando noche a noche.
El del quiosco tiene esposa e hijo. El bebé es de ellos, no hay dudas.
El hermano parece que está noviando con una de las chicas que llegó el mes pasado.
Hace varias noches que van y vienen juntos. Es linda la chica; algo le dice que es hermana de la del quisco… ¡Sí!, ¡si son iguales!
Las noches de vigilia se suceden entre drogadictos, traficantes, ilegales, entresueños, camionetas y una cama que sólo se usa en la siesta…
Su hija percibe el cansancio de sus noches en vela. Las desconoce, pero nota su aspecto. Algo pasa. “No estás bien sola, mamá”, le repite una y otra vez en sus visitas.
¡No le cree y no la entiende!
Después del desayuno, todos los días, lee el diario.
Cuando lee la noticia de los narcotraficantes hallados en un hotel alojamiento, está segura que son ellos.
Por primera vez en largo tiempo, se cruza al quiosco a comprar caramelos.
Saluda muy cordialmente a la peruana. Le pregunta por su familia, por su hermana…

No se sorprende cuando le responde: “¡Se fueron esta mañana!”


El baile (2008)

No conocía a nadie. Vivía en la pensión desde hacía unos meses. En realidad, no era una pensión. Los dueños le alquilaban un cuarto y la trataban como de la familia. La admiraban mucho. ¡Claro! Con apenas veinticuatro años era empleada del banco. La habían trasladado.
Y como de la familia, la invitaron al baile. ¿Cómo sería un baile en ese pueblo? ¿Cómo los carnavales de sus quince en el club del barrio? ¿O sería como en los boliches de sus veinte? No tenía idea y no podía preguntar.
La hija de los dueños tenía veinte pero parecía más chica. Le pidió ayuda para elegir el atuendo. Nora miraba, maravillada, su ropero. Sintió un poco de vergüenza, de ostentación. Le ofreció prestarle algo.
¡No! dijo Nora, “mamá ya me hizo un vestido para este baile”.
Ya imaginó que no era ni el carnaval ni el boliche. Pero sería descortés no acompañarlas.
Ella se sentía grande, con sus veinticuatro recién cumplidos. Sobre todo, por el respeto de los dueños de casa.
El padre las dejó en la entrada del salón. Era un portón grande por el que se veían varios grupos charlando. Era espacioso, con piso de cemento. No podía imaginar qué usos tendría ese lugar, de aspecto tan extraño. Al fondo, improvisado, un escenario con varios instrumentos apoyados en el suelo, otros en algunas sillas, y un montón de cables mezclados, todo antiguo.
No se acuerda qué festejaban, o si era sólo eso: un baile.
Presentaron a unos músicos, la gente se fue ubicando en sillas de metal, alrededor del salón y cerca de mesitas, para apoyar las bebidas que todavía no tenían.
Nora le explicó que, después de un rato de escuchar a este conjunto, venían los músicos en serio y comenzaría el baile.
Nora estaba impaciente, con su vestido de broderie blanco con forro celeste. El peinado bien alto, firme con spray para que le durara toda la noche. La madre la dejó usar rubor y labial. Se la veía radiante.
Ella había elegido un vestido negro pintado discretamente con tonos pasteles. Se maquilló muy poco y su pelo estaba como todos los días. Esa noche no esperaba nada. Sólo fue para acompañarlas y no desairar a nadie.
Se entretuvo en ver bailar a Nora, que no paraba un minuto. Alguna de sus parejas les acercó una gaseosa. La madre de Nora y ella permanecían sentadas, sin otra expectativa que ver disfrutar a Nora.
Empezó a sentirse inquieta cuando su vista se cruzaba con la del presentador del grupo invitado. Cada vez que miraba al escenario, el señor la miraba. Se distraía con las idas y venidas de Nora, charlaba con su mamá. Y cuando paseaba la vista, ¡zás!, el señor la cruzaba… ¡Se estaba equivocando! ¡Ella estaba de acompañante! ¿Qué pensaría esta gente si ella se levantara y le dirigiera la palabra?
Sentía que se había perdido en la historia sin saber el libreto. No podía darse el lujo de desilusionar a sus anfitriones…
En el intervalo, se levantó apurada para “ir al toilette”. Ya viene Norita, dijo la madre. No hace falta, voy sola… y salió casi corriendo.
Tropezaron justo al pie de la escalera del escenario. Se confundieron entre los músicos y la gente que venía a saludarlos.
¡Estaba todo tan claro!
Él le pidió un número, le dio el de su trabajo.

Ella siguió para el baño, él saludó con la mano…


sábado, 25 de junio de 2016

Otro relato del 2006


Se había despertado de la siesta sudorosa, agitada, casi con miedo. Mientras preparaba su mate, trató de recordar qué había soñado. Nada. No recordaba nada. Tampoco lograba rescatar su calma. Se sentó afuera, en la reposera. Se detuvo a mirar cada pedacito de cielo, cada flor, cada mancha en las paredes. El nudo seguía allí, inmutable.

Escuchó el timbre de casualidad, porque se sentía en otro mundo. Atravesó la casa muy despacio, hasta llegar a la puerta.

El hombre, del otro lado de la reja, la miraba expectante. Los ojos le brillaban con picardía y suspenso.

Ella murmuró un “buenas tardes” casi inaudible, sin ninguna señal ni entendimiento. Ni se dio cuenta que todavía vestía la ropa de dormir y no se había peinado siquiera.

El otro contestó por costumbre, como si de pronto no estuviera allí. Balbuceó una disculpa, tembloroso, escapándosele sigilosa la pena que lo embargaba. No podía creer que no lo reconociera.

Ella, por su parte, comenzó a sentir el galope alocado de su sangre. Las vibraciones le llegaban atropelladas al cerebro. Y el nudo se deshizo como por encanto.

No entendía nada. Se mezclaba su siesta con este hombre parado tras la reja. Las lágrimas brotaron a granel mientras le abría.

Y se fundieron en un abrazo infinito, mágico, de años de hambre y soledades.



Relato inspirado en un cuento (octubre de 2006)


Los Aguirre llegaron a esa casa a principios de los 80. Llegaron con lo puesto: unas valijas y unos bolsos. Los vecinos supusieron que habrían comprado la casa con todo adentro. Eran buena gente. Se los veía amables y corteses siempre. Y muy abiertos. Saludaban a todo el mundo para hacerse conocer y lo lograron. Los vecinos los apreciaron al poco tiempo de instalados.

Algunas veces, sin desmerecer la calidad de los Aguirre, los vecinos se preguntaban por qué habrían vendido esa casa los antiguos dueños. Es cierto que no venían demasiado, pero cada tanto avisaban a la vecina para que se las preparara, porque iban a pasar unos días. Era una herencia muy querida para ellos. En el fondo era raro que se hubieran despojado de la casa, y sin comentárselo a nadie, ni a la vecina que se las cuidaba. Tampoco era que los antiguos dueños tenían grandes relaciones en el pueblo, pero se los conocía y se los quería desde siempre. Cuando le preguntaron a esta vecina sobre la venta de la casa, muy reservada dijo: yo no pregunto, no me gusta indagar en la vida ajena. Y fue suficiente, porque ella también era muy respetada.

La vida seguía tranquila en el barrio, donde los Aguirre se sentían ya en su medio. Los chicos iban a la escuela, la señora Aguirre acudía a las reuniones de la Iglesia y el señor Aguirre ya tenía amigos en el Club Social y alternaba el tenis, las bochas y los asados domingueros con toda la familia.

Una mañana, muy tempranito, los Aguirre salieron de viaje de improviso. También con lo puesto: las valijas y unos bolsos. En el pueblo donde todo se sabe, se preguntaban por el apuro. La vecina continuó con su reserva, sin hacer comentario alguno. La vieron entrar en la casa inmediatamente después de la partida de los Aguirre.

Cerca del mediodía, llegó un auto con los antiguos dueños. Bajaron su equipaje, los ayudó la vecina. Entraron en la casa y los vecinos espiaban detrás de las ventanas, absolutamente intrigados.

Después de la rigurosa siesta del pueblo, los antiguos dueños salieron a dar una vuelta y saludar a los vecinos, como lo habían hecho siempre. Estaban felices y emocionados por volver al pueblo que tanto querían. Todos los saludaron con cordialidad y afecto. Nadie preguntó nada. La discreción forma parte de las costumbres del pueblo.

Se quedaron unos días y se fueron “hasta la próxima” como se despedían siempre. Dos días más tarde, los Aguirre volvieron de su inesperado viaje, con la misma naturalidad con que habían llegado a instalarse en el pueblo.


La intriga de los vecinos era cada vez más grande, y por fin, alguno, en el juego de tenis o de bocha, o en el asado dominguero del Club Social, se atrevió a preguntar por las visitas. El señor Aguirre, muy compuesto, natural y muy sonriente contestó: Sí, es un acuerdo que tenemos.  Pero no mencionó con quién era el acuerdo.


Cicatrices





En esas madrugadas que despierto
y recorro los bordes de la herida,
la gran herida que dejó tu ausencia...

Recorro las tantas cicatrices
que nos dejó la vida que nos pasa...

Y amanece.

El sol va asomándose a lo lejos,
apenas se vislumbra su luz,
apenas se distinguen las vidas...

Amanece...

Me levanto desganada
por hacer las tareas que no tengo,
las que llevaste con tu magia y tu sonrisa,
las que guardo estampadas en recuerdos...

Estás en todos los rincones de mi vida,
en cada palabra que se escucha,
en cada lágrima que asoma sin motivo...

Tengo miedo.
Miedo a la vida que atropella.

En esta ruleta de los días
estoy cobrando las fichas de las pérdidas...