Anoche llegó una camioneta con cajas. Grandes. ¿Otra mudanza? Siempre vienen de noche…
No
pudo ver si había alguna cara nueva. Los dos hermanos (al menos lo parecen)
descargaron las cajas rápidamente y la camioneta se fue como alma que lleva el diablo.
Ya
van como tres mudanzas esta semana. Tiene que estar atenta esta noche porque
alguien se puede ir…
Dejó
entreabierta la ventana del living, las luces apagadas. Cenó, apurada, en la
cocina, para no perderse movimiento alguno. No lavó nada. Dejó todo en la
pileta y se fue a sentar en el sillón, completamente a oscuras.
Los
ruidos de la noche se fueron apagando. Se quedó dormida, por supuesto. Algún
ruido la despertó con sobresalto. Un auto negro estaba estacionado justo
delante de la ventana. Se bajó una pareja de jóvenes. No le gustó su aspecto:
no parecían honrados… (¿basándote en qué?, le preguntó su hija cuando se lo
contó). No sabría decirlo. Tal vez por su manera de entrar en la casa,
furtivos, como escondiéndose.
Volvió
a dormirse. Cuando se despertó ya había movimiento en la calle. Pronto sería de
día. No valía la pena ir a la cama.
Se
preparó el desayuno, buscó la pañoleta para abrigarse… La noche en el sillón le
había dado frío.
Su
hija pasó al mediodía. Quiso contarle su preocupación, pero fue inútil. No le
creía.
Desde
que los peruanos abrieron el quiosco enfrente, ella supo que era una fachada.
Cuando
veía llegar chicas en mitad de la noche, suponía que eran tratantes de blancas.
Las
camionetas le abrieron una nueva alternativa: ¡alojaban ilegales!
Mientras
esperaba los pasos de sus personajes, los iba identificando noche a noche.
El
del quiosco tiene esposa e hijo. El bebé es de ellos, no hay dudas.
El
hermano parece que está noviando con una de las chicas que llegó el mes pasado.
Hace
varias noches que van y vienen juntos. Es linda la chica; algo le dice que es
hermana de la del quisco… ¡Sí!, ¡si son iguales!
Las
noches de vigilia se suceden entre drogadictos, traficantes, ilegales,
entresueños, camionetas y una cama que sólo se usa en la siesta…
Su
hija percibe el cansancio de sus noches en vela. Las desconoce, pero nota su
aspecto. Algo pasa. “No estás bien sola, mamá”, le repite una y otra vez en sus
visitas.
¡No
le cree y no la entiende!
Después
del desayuno, todos los días, lee el diario.
Cuando
lee la noticia de los narcotraficantes hallados en un hotel alojamiento, está
segura que son ellos.
Por
primera vez en largo tiempo, se cruza al quiosco a comprar caramelos.
Saluda
muy cordialmente a la peruana. Le pregunta por su familia, por su hermana…
No
se sorprende cuando le responde: “¡Se fueron esta mañana!”
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