No
conocía a nadie. Vivía en la pensión desde hacía unos meses. En realidad, no
era una pensión. Los dueños le alquilaban un cuarto y la trataban como de la
familia. La admiraban mucho. ¡Claro! Con apenas veinticuatro años era empleada
del banco. La habían trasladado.
Y
como de la familia, la invitaron al baile. ¿Cómo sería un baile en ese pueblo?
¿Cómo los carnavales de sus quince en el club del barrio? ¿O sería como en los
boliches de sus veinte? No tenía idea y no podía preguntar.
La
hija de los dueños tenía veinte pero parecía más chica. Le pidió ayuda para
elegir el atuendo. Nora miraba, maravillada, su ropero. Sintió un poco de
vergüenza, de ostentación. Le ofreció prestarle algo.
¡No!
dijo Nora, “mamá ya me hizo un vestido para este baile”.
Ya
imaginó que no era ni el carnaval ni el boliche. Pero sería descortés no
acompañarlas.
Ella
se sentía grande, con sus veinticuatro recién cumplidos. Sobre todo, por el
respeto de los dueños de casa.
El
padre las dejó en la entrada del salón. Era un portón grande por el que se
veían varios grupos charlando. Era espacioso, con piso de cemento. No podía
imaginar qué usos tendría ese lugar, de aspecto tan extraño. Al fondo,
improvisado, un escenario con varios instrumentos apoyados en el suelo, otros
en algunas sillas, y un montón de cables mezclados, todo antiguo.
No
se acuerda qué festejaban, o si era sólo eso: un baile.
Presentaron
a unos músicos, la gente se fue ubicando en sillas de metal, alrededor del salón
y cerca de mesitas, para apoyar las bebidas que todavía no tenían.
Nora
le explicó que, después de un rato de escuchar a este conjunto, venían los
músicos en serio y comenzaría el baile.
Nora
estaba impaciente, con su vestido de broderie blanco con forro celeste. El
peinado bien alto, firme con spray para que le durara toda la noche. La madre
la dejó usar rubor y labial. Se la veía radiante.
Ella
había elegido un vestido negro pintado discretamente con tonos pasteles. Se
maquilló muy poco y su pelo estaba como todos los días. Esa noche no esperaba
nada. Sólo fue para acompañarlas y no desairar a nadie.
Se
entretuvo en ver bailar a Nora, que no paraba un minuto. Alguna de sus parejas
les acercó una gaseosa. La madre de Nora y ella permanecían sentadas, sin otra
expectativa que ver disfrutar a Nora.
Empezó
a sentirse inquieta cuando su vista se cruzaba con la del presentador del grupo
invitado. Cada vez que miraba al escenario, el señor la miraba. Se distraía con
las idas y venidas de Nora, charlaba con su mamá. Y cuando paseaba la vista,
¡zás!, el señor la cruzaba… ¡Se estaba equivocando! ¡Ella estaba de acompañante!
¿Qué pensaría esta gente si ella se levantara y le dirigiera la palabra?
Sentía
que se había perdido en la historia sin saber el libreto. No podía darse el
lujo de desilusionar a sus anfitriones…
En
el intervalo, se levantó apurada para “ir al toilette”. Ya viene Norita, dijo
la madre. No hace falta, voy sola… y salió casi corriendo.
Tropezaron
justo al pie de la escalera del escenario. Se confundieron entre los músicos y
la gente que venía a saludarlos.
¡Estaba
todo tan claro!
Él
le pidió un número, le dio el de su trabajo.
Ella
siguió para el baño, él saludó con la mano…
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