Se había despertado
de la siesta sudorosa, agitada, casi con miedo. Mientras preparaba su mate,
trató de recordar qué había soñado. Nada. No recordaba nada. Tampoco lograba
rescatar su calma. Se sentó afuera, en la reposera. Se detuvo a mirar cada
pedacito de cielo, cada flor, cada mancha en las paredes. El nudo seguía allí,
inmutable.
Escuchó el timbre
de casualidad, porque se sentía en otro mundo. Atravesó la casa muy despacio,
hasta llegar a la puerta.
El hombre, del otro
lado de la reja, la miraba expectante. Los ojos le brillaban con picardía y
suspenso.
Ella murmuró un
“buenas tardes” casi inaudible, sin ninguna señal ni entendimiento. Ni se dio
cuenta que todavía vestía la ropa de dormir y no se había peinado siquiera.
El otro contestó
por costumbre, como si de pronto no estuviera allí. Balbuceó una disculpa,
tembloroso, escapándosele sigilosa la pena que lo embargaba. No podía creer que
no lo reconociera.
Ella, por su parte,
comenzó a sentir el galope alocado de su sangre. Las vibraciones le llegaban
atropelladas al cerebro. Y el nudo se deshizo como por encanto.
No entendía nada.
Se mezclaba su siesta con este hombre parado tras la reja. Las lágrimas
brotaron a granel mientras le abría.
Y se fundieron en un abrazo infinito, mágico, de años de hambre y soledades.
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