Los Aguirre llegaron a esa casa a principios de los 80. Llegaron con lo
puesto: unas valijas y unos bolsos. Los vecinos supusieron que habrían comprado
la casa con todo adentro. Eran buena gente. Se los veía amables y corteses siempre.
Y muy abiertos. Saludaban a todo el mundo para hacerse conocer y lo lograron.
Los vecinos los apreciaron al poco tiempo de instalados.
Algunas veces, sin desmerecer la calidad de los Aguirre, los vecinos se
preguntaban por qué habrían vendido esa casa los antiguos dueños. Es cierto que
no venían demasiado, pero cada tanto avisaban a la vecina para que se las
preparara, porque iban a pasar unos días. Era una herencia muy querida para
ellos. En el fondo era raro que se hubieran despojado de la casa, y sin comentárselo
a nadie, ni a la vecina que se las cuidaba. Tampoco era que los antiguos dueños
tenían grandes relaciones en el pueblo, pero se los conocía y se los quería
desde siempre. Cuando le preguntaron a esta vecina sobre la venta de la casa,
muy reservada dijo: yo no pregunto, no me gusta indagar en la vida ajena. Y fue
suficiente, porque ella también era muy respetada.
La vida seguía tranquila en el barrio, donde los Aguirre se sentían ya
en su medio. Los chicos iban a la escuela, la señora Aguirre acudía a las
reuniones de la Iglesia y el señor Aguirre ya tenía amigos en el Club Social y
alternaba el tenis, las bochas y los asados domingueros con toda la familia.
Una mañana, muy tempranito, los Aguirre salieron de viaje de improviso.
También con lo puesto: las valijas y unos bolsos. En el pueblo donde todo se
sabe, se preguntaban por el apuro. La vecina continuó con su reserva, sin hacer
comentario alguno. La vieron entrar en la casa inmediatamente después de la
partida de los Aguirre.
Cerca del mediodía, llegó un auto con los antiguos dueños. Bajaron su
equipaje, los ayudó la vecina. Entraron en la casa y los vecinos espiaban
detrás de las ventanas, absolutamente intrigados.
Después de la rigurosa siesta del pueblo, los antiguos dueños salieron
a dar una vuelta y saludar a los vecinos, como lo habían hecho siempre. Estaban
felices y emocionados por volver al pueblo que tanto querían. Todos los
saludaron con cordialidad y afecto. Nadie preguntó nada. La discreción forma
parte de las costumbres del pueblo.
Se quedaron unos días y se fueron “hasta la próxima” como se despedían
siempre. Dos días más tarde, los Aguirre volvieron de su inesperado viaje, con
la misma naturalidad con que habían llegado a instalarse en el pueblo.
La intriga de los vecinos era cada vez más grande, y por fin, alguno,
en el juego de tenis o de bocha, o en el asado dominguero del Club Social, se
atrevió a preguntar por las visitas. El señor Aguirre, muy compuesto, natural y
muy sonriente contestó: Sí, es un acuerdo que tenemos. Pero no mencionó con quién era el acuerdo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario