lunes, 27 de junio de 2016

Relato anterior al de La Granja del 2016


Ve a su mujer durmiendo en la galería, como todas las siestas. Él está desmalezando los alrededores de la casa. Con cada golpe de machete golpea a la vida, a su mujer, al rancho, a su impotencia.
Ya no recuerda cuándo se transformó en este hombre amargo, con tanta violencia dentro.
Se detiene un momento a mirar el entorno: la potranca relincha en contraste con el letargo de la yegua moribunda. La impotencia de nuevo. La vida se les va yendo y él no puede aceptarlo.
Vuelve al machete porque no se entiende. Habla consigo mismo, llamándose a la cordura. La siesta calurosa lo está provocando y él lo sabe. Silba para ahuyentar sus divagues, que siguen su vuelo como si nada.
La chinita que le contrató a su mujer ha terminado de lavar la ropa. La ve salir por la galería, con la gracia de muchachita fresca. Está tarareando algo. Sacude las prendas antes de colgarlas. Y en cada movimiento le sacude el polvo a su hombría abandonada. No puede apartar su vista, no puede acallar sus ansias.
La muchacha termina con la última sábana. La estira bien con las manos, como acariciándola.
No se resiste cuando él la toma por la espalda. Sus manos callosas la recorren, despertando ese cosquilleo que nunca aprendió a ocultar.
Él la arrastra detrás de la casa, la apoya contra el piletón y comienza a descubrirla.
Ella le va desatando los cobertores de sus ansias. Caen sus pantalones, sus manos encuentran los senos, la juventud se le escapa de algún rincón y se revuelca con ellos. Ya no hay nada más que esos dos cuerpos gozando lo infinito.
Y el goce, la sensación más perfecta de la culminación que jamás había sentido.
No la vieron llegar, no la escucharon.
La muchacha huyó, despavorida, espantada, aterrada.
La mujer volvió, con el machete goteando, hasta la yegua y se tiró a su lado a esperar.

Él quedó tendido en su charco de sangre, con una sonrisa de satisfacción, los ojos abiertos al cielo, absolutamente relajado.


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