Ve
a su mujer durmiendo en la galería, como todas las siestas. Él está
desmalezando los alrededores de la casa. Con cada golpe de machete golpea a la
vida, a su mujer, al rancho, a su impotencia.
Ya
no recuerda cuándo se transformó en este hombre amargo, con tanta violencia
dentro.
Se
detiene un momento a mirar el entorno: la potranca relincha en contraste con el
letargo de la yegua moribunda. La impotencia de nuevo. La vida se les va yendo
y él no puede aceptarlo.
Vuelve
al machete porque no se entiende. Habla consigo mismo, llamándose a la cordura.
La siesta calurosa lo está provocando y él lo sabe. Silba para ahuyentar sus
divagues, que siguen su vuelo como si nada.
La
chinita que le contrató a su mujer ha terminado de lavar la ropa. La ve salir
por la galería, con la gracia de muchachita fresca. Está tarareando algo.
Sacude las prendas antes de colgarlas. Y en cada movimiento le sacude el polvo
a su hombría abandonada. No puede apartar su vista, no puede acallar sus
ansias.
La
muchacha termina con la última sábana. La estira bien con las manos, como
acariciándola.
No
se resiste cuando él la toma por la espalda. Sus manos callosas la recorren,
despertando ese cosquilleo que nunca aprendió a ocultar.
Él
la arrastra detrás de la casa, la apoya contra el piletón y comienza a
descubrirla.
Ella
le va desatando los cobertores de sus ansias. Caen sus pantalones, sus manos
encuentran los senos, la juventud se le escapa de algún rincón y se revuelca
con ellos. Ya no hay nada más que esos dos cuerpos gozando lo infinito.
Y
el goce, la sensación más perfecta de la culminación que jamás había sentido.
No
la vieron llegar, no la escucharon.
La
muchacha huyó, despavorida, espantada, aterrada.
La
mujer volvió, con el machete goteando, hasta la yegua y se tiró a su lado a
esperar.
Él
quedó tendido en su charco de sangre, con una sonrisa de satisfacción, los ojos
abiertos al cielo, absolutamente relajado.
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