lunes, 27 de junio de 2016

Encuentro... final?


Se sentaron enfrentados, uno a cada lado de la mesa, independientes, ignorantes de lo que hacía el otro. Como si no existiese. Ninguno levantó la vista, cada uno en su mundo. Los sonidos de la calle se amortiguaban con el silencio terco que se habían impuesto.
Ella miraba sus manos, que recorrían la mesa recogiendo restos inexistentes de otros huéspedes. Él miraba hacia afuera, como si esperase que una tormenta interrumpiera situación tan incómoda.
Sus pensamientos volaban por la memoria que trataba de escabullirse, pero volvía, recurrente, dadas las circunstancias…
Él comenzó a mirarla a hurtadillas, sin que se diera cuenta, y se fue reencontrando con sus gestos, sabiendo cada significado, cada intento. Sintiendo su temor, su inseguridad su audacia…
Sabía que ella abriría el fuego… Fue siempre su juego, y su manera de reconocerla. Él no era ducho en las palabras, no le gustaban, no le salían. Y ella siempre lo interpretaba.
Claro que hoy era diferente. Tendría que rendir cuentas.
Y ella no le haría fácil la tarea. Era lo que ella pensaba. Se preguntaba para qué la citó si ya se habían dicho todo… Estaba claro que no habría despertares juntos ni atardeceres románticos. Ya ambos habían convenido que no era necesario pasar por otro intento fallido.
Pero allí estaban, con todas las emociones vividas y superadas, como dos adolescentes, sin saber por dónde empezar ni qué decirse.
Porque él la citó, pero ella lo esperaba, o lo ayudó provocando este encuentro sin decir palabras, pero insinuando, como siempre…
Porque siempre hizo lo que ella quería. Y ahora que estaban allí, él seguía sin entender cómo seguía. Le dolía el cuello de mirar por la ventana del costado. Ella seguía obstinada con las migas…
De pronto, levantó la vista, lo miró de frente y le espetó: “¿A qué vinimos?!
Él se sobresaltó por fuera y por dentro. Si bien sabía que ella hablaría primero, que sería directa, no esperó tanto, ni tanta dureza.
Volvió la cabeza hacia ella y la miró, largo, buscando en sus ojos profundos el mensaje para una respuesta amigable.
“Tal vez sólo a tomar un café”, comenzó mansamente, como vencido por lo inevitable.
Ella retrocedió su actitud. Sabía que había golpeado mal. No era lo planeado, aunque nadie hubiera planeado nada.
Y buscó en la mirada de él las palabras que no modularía pero que ella leía desde siempre.
Y ahora sí, el silencio fue compartido, entendido y disfrutado.

Por fin habían logrado el idioma que los mantendría cerca, a pesar de esa distancia permanente.


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