Se
sentaron enfrentados, uno a cada lado de la mesa, independientes, ignorantes de
lo que hacía el otro. Como si no existiese. Ninguno levantó la vista, cada uno
en su mundo. Los sonidos de la calle se amortiguaban con el silencio terco que
se habían impuesto.
Ella
miraba sus manos, que recorrían la mesa recogiendo restos inexistentes de otros
huéspedes. Él miraba hacia afuera, como si esperase que una tormenta
interrumpiera situación tan incómoda.
Sus
pensamientos volaban por la memoria que trataba de escabullirse, pero volvía,
recurrente, dadas las circunstancias…
Él
comenzó a mirarla a hurtadillas, sin que se diera cuenta, y se fue
reencontrando con sus gestos, sabiendo cada significado, cada intento.
Sintiendo su temor, su inseguridad su audacia…
Sabía
que ella abriría el fuego… Fue siempre su juego, y su manera de reconocerla. Él
no era ducho en las palabras, no le gustaban, no le salían. Y ella siempre lo
interpretaba.
Claro
que hoy era diferente. Tendría que rendir cuentas.
Y
ella no le haría fácil la tarea. Era lo que ella pensaba. Se preguntaba para
qué la citó si ya se habían dicho todo… Estaba claro que no habría despertares
juntos ni atardeceres románticos. Ya ambos habían convenido que no era
necesario pasar por otro intento fallido.
Pero
allí estaban, con todas las emociones vividas y superadas, como dos
adolescentes, sin saber por dónde empezar ni qué decirse.
Porque
él la citó, pero ella lo esperaba, o lo ayudó provocando este encuentro sin
decir palabras, pero insinuando, como siempre…
Porque
siempre hizo lo que ella quería. Y ahora que estaban allí, él seguía sin entender
cómo seguía. Le dolía el cuello de mirar por la ventana del costado. Ella
seguía obstinada con las migas…
De
pronto, levantó la vista, lo miró de frente y le espetó: “¿A qué vinimos?!
Él
se sobresaltó por fuera y por dentro. Si bien sabía que ella hablaría primero,
que sería directa, no esperó tanto, ni tanta dureza.
Volvió
la cabeza hacia ella y la miró, largo, buscando en sus ojos profundos el
mensaje para una respuesta amigable.
“Tal
vez sólo a tomar un café”, comenzó mansamente, como vencido por lo inevitable.
Ella
retrocedió su actitud. Sabía que había golpeado mal. No era lo planeado, aunque
nadie hubiera planeado nada.
Y
buscó en la mirada de él las palabras que no modularía pero que ella leía desde
siempre.
Y
ahora sí, el silencio fue compartido, entendido y disfrutado.
Por
fin habían logrado el idioma que los mantendría cerca, a pesar de esa distancia
permanente.
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