lunes, 18 de abril de 2016

El horno de barro



Le fue dando forma como dan sus manos,
el piso cerrado, firme pa’que aguante
los distintos fuegos que habrán de mandarle.
Preparó la entrada amplia y demarcada.
Siguió en las paredes de cuerpo redondo
que en cielo cerraba la panza de barro.



Cuando me mudé a Córdoba, viví en una casa con horno de barro. Nunca cociné en uno. “Me encantaría”, pensé.
Como es de suponer, mi familia vino a visitarme a menudo. Alguna vez mi mamá comentó que ellas (su mamá y hermanas) usaban horno de barro.
¡Qué lindo!, dije. ¿Y vos sabés cómo se hace?
Sí, me acuerdo que juntábamos leña chica para calentarlo.
Y juntas cruzamos al terreno vecino que era un baldío, a buscar todas las ramitas que pudimos encontrar, apropiadas para calentar el horno.
¿Y qué vamos a cocinar?, pregunté insegura, pensando que no teníamos nada especial para horno de barro…
¡El pernil que íbamos a hacer al horno para mañana!, sugirió mi mamá, ya contenta con la idea.
Preparamos el  fuego y me contó los secretos, que había aprendido de mi abuela, para que el calor fuera parejo.
Y mientras tomábamos unos mates, controlando el grado de calor que iba alcanzando el horno, comenzó a contarme cómo su mamá fue haciendo el de ellas. Mi mamá era chiquita, pero se acordaba. Y me iba describiendo la magia que le parecía al ver cómo mi abuela amasaba el barro y se ajetreaba dándole forma con sus manos suaves y hacedoras.
Y, por fin, hicimos el pernil de cerdo. Me enseñó el secreto del papel flotando para saber que el calor había llegado a su mejor punto; que la temperatura debía adecuarse a lo que cocías: masas son distintas de carnes o verduras; qué cocino al fondo, qué al medio, qué apenas a la entrada para que no se pase.
Y se nos fue la mañana, preparamos la ensalada, pusimos la mesa, trajimos la carne…
Y todavía me dura la alegría de haber usado el horno que para mi mamá era el  símbolo del valor de su madre, que siendo muy joven perdió a su marido y no se amilanó ante nada. Trabajó muy duro por sus cuatro hijos, los crió solita y sin nada heredado. Y con tanto empeño…¡hasta hizo su horno de barro!

                                                                                                                             Leonor Tovar


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