sábado, 16 de abril de 2016

Los margaritones de mi abuela






Mi abuela prefirió el monte a plantarlos en su casa
le gustaba a ella misma buscarlos en el campo.
Como todas las semanas, sabía que la esperaban
Y se vestía de visita y se calzaba zapatos.

Nosotros, muy pequeñitos, esperábamos callados.
La abuela nos preparaba y debíamos comportarnos.
Nos apuraba su paso a través del monte bajo;
ella cortaba flores y nosotros correteábamos.

Según nos daban las manos, ayudábamos con los ramos,
ella los acomodaba mientras los iba contando.
Cuando llenaba el canasto, seguíamos caminando
hasta llegar a la casa de los que ya no nos cantan.

Ella también ha partido a vivir al camposanto.
Nosotros ya somos grandes. Ella tampoco nos canta.
Y cada domingo vamos a buscar al monte bajo
los margaritones blancos para llenar su canasto.

Y mientras comemos juntos los domingos de familia,
el guiso que más recuerda el que ese día cocina,
descansa en la mesita baja, que a ella tanto le gustaba,
el canasto con sus flores, que su presencia delatan.


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