Mi abuela prefirió
el monte a plantarlos en su casa
le gustaba a
ella misma buscarlos en el campo.
Como todas
las semanas, sabía que la esperaban
Y se vestía
de visita y se calzaba zapatos.
Nosotros,
muy pequeñitos, esperábamos callados.
La abuela
nos preparaba y debíamos comportarnos.
Nos apuraba
su paso a través del monte bajo;
ella cortaba
flores y nosotros correteábamos.
Según nos
daban las manos, ayudábamos con los ramos,
ella los
acomodaba mientras los iba contando.
Cuando
llenaba el canasto, seguíamos caminando
hasta llegar
a la casa de los que ya no nos cantan.
Ella también
ha partido a vivir al camposanto.
Nosotros ya
somos grandes. Ella tampoco nos canta.
Y cada
domingo vamos a buscar al monte bajo
los
margaritones blancos para llenar su canasto.
Y mientras
comemos juntos los domingos de familia,
el guiso que
más recuerda el que ese día cocina,
descansa en
la mesita baja, que a ella tanto le gustaba,
el canasto
con sus flores, que su presencia delatan.

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